mama1

La primera vez siempre asusta. La primera vez de casi todas las circunstancias que a uno le toca vivir, impone. La primera vez que fui a hacerme una mamografía, hace cosa de dos meses, me dije a mi misma que era un puro trámite, una prueba sencilla que duraría apenas un rato y a seguir con mi vida como si nada. Mientras yo me convencía de estos argumentos, y a medida que llegaba a la consulta, notaba cómo el pulso se me aceleraba. No tenía miedo a la prueba, en absoluto. Tenía miedo a salir de aquel lugar con un veredicto que entorpeciera eso tan sencillo que parece “seguir con mi vida como si nada”.

 

En cuanto llegué ya había otras mujeres esperando para hacerse la misma  prueba. Todas aparentaban conocer aquel trámite y poco después me cercioré de ello porque la única que escuchaba las instrucciones de la enfermera era yo. Me recordó a los pasajeros de un avión. Puedes darte cuenta de quién sube a un avión por primera vez por la atención tan voluntariosa que presta a las indicaciones de las azafatas mientras el resto ya duerme, mira su tablet o lee el periódico. Las mujeres que me precedían en la prueba de la mamografía ya habían hecho aquel “vuelo” otras veces y prestaban poca o ninguna atención a aquella enfermera.

Poco a poco las fueron llamando hasta que me tocó a mí el turno. Entré en una sala en la que había cuatro cabinas tapadas por una cortina muy rudimentaria. La enfermera que encontré en aquella estancia me dijo la misma frase, con el mismo tono lacónico y desganado, que a mis predecesoras: “Quítate la parte de arriba y espera a que te llamemos”. Ya lo había oído desde fuera. Me metí en una de aquellas cabinas, similares a las que se instalan en los colegios electorales en las jornadas de votaciones y me quedé sentada en una silla, desnuda de cintura para arriba, con una enorme sensación de indefensión. Es como si el hecho de quitarme el sujetador me hubiera abierto el miedo en canal. Me sentía desprotegida y sola en aquel cubículo y pensaba cómo debían sentirse las otras mujeres que ocupaban las otras tres cabinas. Si alguien nos hubiera contemplado desde arriba a las cuatro en aquellos contenedores destapados por el techo, intuyo que al menos hubiera encontrado una coincidencia entre nosotras: la inquietud, expresada cada una a su manera. La mía tenía forma de manos agarradas a los laterales de la silla y mirada nerviosa.

La enfermera volvió a pronunciar mi nombre y salí de mi escondite.

-¿Es la primera vez que te haces una mamografía?

-Sí.

-¿Tienes antecedentes familiares por cáncer de mama?

-Sí, mi madre.

Silencio.

Cogió mi pecho izquierdo con sus manos, protegidas por unos guantes de latex, y lo colocó, como si estuviera reponiendo un paquete de arroz en la estantería de un supermercado, sobre el mamógrafo. Asistí muda y con los ojos semicerrados al aplastamiento de mis pechos, primero el izquierdo, después el derecho. En cuanto la enfermera terminó su trabajo, volví al cubículo en busca de mi dignidad, aquel sujetador que permitía que todo volviera a ser como antes del aplastamiento inmisericorde. La última instrucción que recibí de aquella profesional fue que permaneciera en la recepción hasta conocer el resultado de la mamografía. Aquellos diez minutos de espera me sirvieron para constatar la más demoledora de las certezas: cuán frágil es el ser humano.

Aquellos diez minutos de espera me sirvieron para constatar la más demoledora de las certezas: cuán frágil es el ser humano

Sentada en aquella silla, e incapaz de leer una sola línea del libro que llevaba conmigo, me dediqué a observar a las mujeres que esperaban, como yo, su veredicto. Alguna iba acompañada de la que parecía su pareja, otra venía con una amiga, una señora mayor tenía a su lado a un hombre que debía de ser su hijo, dos de ellas, que parecían no conocerse previamente, entablaron un diálogo improvisado al sentarse una junto a la otra. Las conversaciones eran suaves, nadie levantaba la voz. Y entonces, entre susurros, apareció de nuevo la primera enfermera, la que me había dado las instrucciones al entrar en aquella clínica, vociferando el nombre de una de ellas, que se levantó de su silla dando un respingo.

-“Todo bien. Vuelva dentro de dos años pero pida cita medio año antes”, le dijo mientras le entregaba un sobre.

Aquello me pareció una ruleta rusa abominable. Todas íbamos a saber el resultado de las mamografías de las demás porque la enfermera no tenía ningún reparo en nombrarnos en voz alta y darnos el veredicto final allí mismo, en medio de todo y de nada. Entonces ocurrió lo que yo contemplaba que podía suceder: la enfermera, que casi me parecía más una juez dictando sentencias cada diez minutos que una sanitaria, llamó a una mujer sentada enfrente de mí y le pidió que pasara al despacho del médico. Se hizo el silencio, o al menos a mí me lo pareció. La chica se levantó de su asiento de forma sutil, se dirigió a aquella consulta y al abrir la puerta, pude ver al fondo una radiografía sobre una caja de luz. La mamografía de aquella mujer. Cerró la puerta. Me revolví en mi asiento. Pensé en qué le diría el médico, cómo saldría de aquella consulta, a quién llamaría, qué debería hacer a partir de aquel momento. Y entonces escuché mi nombre.

-“Todo bien. Vuelva dentro de dos años pero pida turno medio año antes”.

Respiré. Miré a mi alrededor y pude ver cómo la chica salía entonces de la consulta del médico y se dirigía hacia la puerta de entrada. Se fue. Yo hice lo propio. Salí de aquella clínica y la vi caminando delante de mí. No pude evitarlo. Aceleré el paso y la adelanté, no sin antes buscar su mirada con todo el tacto de que fui capaz. Pero ella no miraba a nadie, no llamaba a nadie, no rebuscaba en el informe médico que llevaba debajo del brazo, no lloraba, no reía. Miraba al vacío. O eso me pareció a mí.

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Sobre mí

Marina Vallés Pérez (25/05/1976). Natural de Teulada (Alicante). Licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente ocupo el puesto de subdirectora de Radio Gandia, emisora adscrita a la Cadena Ser.



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