El 2017 me ha traído mucho. Personas. Emociones. Silencios. Lágrimas. Risas. Dolor. Amor. Rabia. Viajes. Y un curso. Un curso que ha logrado sacarme de mi estado de hibernación, salir de mi “zona de confort”, como lo llaman los coaches. En realidad no fui consciente de ese estado de parálisis mental hasta que empecé aquella aventura en el mes de septiembre.

-“¿Un curso de doblaje? ¿por qué?”, me preguntó un poco sorprendida Puri, mi compañera de trabajo.

Porque me atraía, porque quería hacer cosas nuevas con mi voz más allá de mi trabajo como periodista en la radio, porque quería ampliar mi currículum, y también, porque pensaba que sería un paseo entretenido y fácil. Estaba acostumbrada a trabajar con mi voz y a hacer mil piruetas con ella. O eso creía.

Así que allá que me fui por el mes de septiembre a Alboraia Art Studio, una antigua alquería situada en medio de la huerta valenciana. Poco a poco fueron llegando los que se convertirían en mis compañeros cada martes durante un trimestre entero. Algunos se conocían ya, otros habían realizado algún curso y saludaban a los profesores. Había risas, nervios, expectación…y entonces llegó Maribel Casany, actriz y directora de arte de Alboraia Art Studio,  la persona que se encargaría de explicarnos la parte teórica, los conceptos del curso. Maribel llenó aquella sala con su desparpajo natural, con su voz cálida, y después de darnos los primeros consejos y explicaciones, nos propuso que nos presentáramos, uno a uno, al resto de compañeros. Esa sería sólo la primera de las muchas “puestas en escena” a las que nos enfrentaríamos durante el curso. Si creía que iba a llegar y poner voces a personajes escondida detrás de un micrófono, desde luego me había equivocado de lugar.

Si creía que iba a llegar y poner voces a personajes escondida detrás de un micrófono, desde luego me había equivocado de lugar

Comprobé que muchos compañeros eran actores y actrices. Los menos, periodistas, y también alguna profesora. Y me di mi primer baño de humildad del curso al comprobar que algunos tenían voces maravillosas que me devolvían a una realidad que uno olvida cuando habita cómodamente en su zona de confort: que siempre queda mucho por aprender, que pese a que tu entorno te diga que eres la mejor, no eres la mejor, y que tampoco hace falta que lo seas, pero conviene que lo sepas.

Después de aquella primera clase teórica, que de teoría tendría poco en lo sucesivo, nos fuimos al estudio, donde nos esperaba César Lechiguero, gerente y director de arte del centro. Con su voz profunda, su risa y su enorme paciencia, él nos pondría cada semana frente a una pantalla, un texto, unos personajes, unos signos y un micrófono. Suena maravilloso, pero a mí en aquel momento me pareció imposible que algún día todas aquellas piezas encajaran. Aquel día me fui a casa muy descorazonada. Quizá me había equivocado de curso.

Se sucedieron los martes y con cada nueva propuesta de los profesores, yo tragaba saliva. Era imposible permanecer en ese anonimato en el que me siento tan cómoda, no había manera de pasar desapercibida porque todos, todos, teníamos que mostrar nuestra destreza moviendo nuestro cuerpo, cantando, haciendo ejercicios de empatía con nuestros compañeros para reforzar la conexión con los personajes a los que después doblábamos…

Un día, Maribel nos propuso traer la letra de una canción. “Vais a cantar el próximo día”, dijo. Pensé que no sería un ejercicio demasiado difícil. Llegado el momento, nos pusimos en círculo, de pie, y sin más, nos pidió a cada uno que cantáramos nuestra canción. Yo había preparado Cómo hablar, de Amaral. Cuando llegó mi turno, comencé a cantar mientras sentía las miradas de mis compañeros posarse sobre mí. Y pensé que había escogido una canción demasiado larga. Y difícil. Y me pregunté por qué tenía que estar cantando una canción en medio de gente a la que apenas conocía. Y que si esto era necesario. Y entonces acabé la canción. Maribel se acercó a mí, preguntó a mis compañeros si conocían la letra, le contestaron que sí, y ella les dijo:

-“Pues vamos a cantar todos con Marina, vamos a ayudarle, porque está cantando para ella, y quiero oírla, quiero que proyecte su voz”.

Empezaron a cantar todos con tanta fuerza, y la canción sonó tan bonita, que me emocioné. Y cuando creía que ya había terminado con aquella pesadilla, Maribel me dijo:

-“Ahora tú sola, fuerte, que te oiga yo desde aquí. Proyecta tu voz”. Ella estaba en el otro extremo de la sala.

Y entonces sí, solté toda la adrenalina, la fuerza, la garra, las ganas y la potencia y canté “Cómo hablar, si cada parte de mi mente es tuyaaaaa” como si estuviera en La Voz. Me aplaudieron al terminar. No lloré por vergüenza.

Ha habido más momentos memorables, como el día en que tuvimos que poner voz a una escena de amor con orgasmo incluido y a una de terror, con tortura de por medio. Nos distribuimos por toda la sala y empezamos a jadear, gemir y gritar intentando imprimir algo de profesionalidad a aquellos sonidos guturales. Ese día había obreros en el edificio.

Poco a poco pasé del “qué hago yo aquí” al “qué suerte estar aquí”. Y aprendí una de las máximas del doblaje: “Doblar es saber empatizar”, como sentenció Maribel un día. Aquella afirmación me ayudó, desde entonces, a observar más a mis personajes, a intentar entender su dolor, su felicidad o su miedo, y a tratar de dar voz a aquellos sentimientos a través de mi propia voz.

Aprendí una de las máximas del doblaje: “Doblar es saber empatizar”

Este es el primer martes sin doblaje después de tres meses. Echo la vista atrás y no tengo ninguna duda de que este curso me sacó a patadas de mi zona de confort. Sólo por eso, ya ha valido la pena. Y por encontrar voces que ahora sabría reconocer muy fácilmente como las de Lidia, Marce, Mónica, Cristina, Carmen, Mª José, Patri y Jordi.

Y como siempre ocurre, para que yo pudiera salir de mi zona de confort, mis padres también han tenido que salir de su rutina y cuidar de mi hijo, así que este aprendizaje se lo debo a ellos. Y también a Jesús, por su “aprende y disfruta mucho” de cada martes, por su apoyo incondicional.

 

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Sobre mí

Marina Vallés Pérez (25/05/1976). Natural de Teulada (Alicante). Licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente ocupo el puesto de subdirectora de Radio Gandia, emisora adscrita a la Cadena Ser.



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