Durante los primeros días del mes de agosto me topé con unas singulares imágenes de turistas paseando por la plaza de san Marcos de Venecia, zapatos en mano, mientras refrescaban sus pies descalzos en un suelo inundado por el fenómeno del acqua alta (agua alta), una subida de la marea a más de 90 centímetros sobre el nivel del mar poco habitual en verano y que dejó la ciudad anegada en cuestión de horas. Algunas parejas inmortalizaban el “momento marea” con un beso delante de la basílica situada en la misma plaza mientras los niños chapoteaban y jugaban con aquel río improvisado que discurría por la parte baja de la ciudad de los canales.

Me detuve en aquellas imágenes en las que parecía que los turistas, lejos de considerar un infortunio aquella subida inesperada del nivel del mar Adriático, recibían el agua bajo sus pies como una suerte de diversión y de espectáculo acuático que sólo una ciudad como Venecia podía darles. Más allá del preocupante hecho de que esta acqua alta viene motivada por el imparable cambio climático, con consecuencias devastadoras y pérdidas millonarias, me sorprendió la naturalidad aparente de los lugareños y visitantes, que parecían adaptarse a aquella circunstancia sobrevenida con la certeza de que la marea no iba a bajar de inmediato por más que ellos se enojaran, protestaran o se rebelaran.

Y entonces me acordé de otra imagen que me ha proporcionado el verano, en esta ocasión con el Mediterráneo como paisaje. Ocurrió un domingo en que un nutrido grupo de bañistas disfrutábamos del sol y el mar cuando, de repente, la marea subió de modo inesperado mojando a su paso toallas, neveras, juguetes, tiendas de campaña, sillas plegables y todo el cúmulo de trastos con los que, cada vez más, poblamos las playas. Aquellas olas inesperadas que engulleron en cuestión de minutos los primeros metros de arena, nos obligó a unos cuantos a recolocar enseres, a poner a secar nuestras toallas mojadas y a buscar alternativas para tomar el sol. De alguna forma, el acqua alta acababa de romper la armonía del puzle que componíamos todos los que aprovechábamos un día de playa y nos obligaba a mirar de reojo el mar por si una nueva ola superaba a la anterior y teníamos que retroceder todavía más.

En medio de aquel movimiento de sillas y toallas, escuché las risas de un niño. Dejé por un momento de vigilar las olas para mirarlo a él. Contrariamente a lo que nos había ocurrido a los adultos, a los que la marea nos había importunado la placidez de un domingo al sol, a él le había dejado dos maravillosos charcos en la arena en los que se revolcaba, saltaba y chapoteaba, sin parar de reír, bajo la atenta y feliz mirada de sus padres. No pude más que sonreír al ver a aquel niño disfrutando como si estuviera en el mejor parque acuático del mundo. Su figura menuda, su piel tostada al sol mientras disfrutaba jugando con el agua sobrevenida nos recordó a mi pareja y a mi la preciosa obra del pintor Joaquín Sorolla, “Niños en la playa”, una pintura rebosante de luz mediterránea que refleja, de forma magistral, los cuerpos de tres niños jugando en la arena mojada mientras el sol tiñe su piel.

Sin duda, aquel pequeño había hecho del acqua alta el mejor momento del día frente a lo importuna que nos había resultado a los demás la subida de la marea. Aquel sencillo ejemplo, como el de Venecia, se podría extrapolar a cualquier situación cotidiana. Ante algo que rompe nuestros rígidos esquemas mentales, ante un cambio, un reto o ante lo sobrevenido e inesperado,  podemos optar por resistirnos, por protestar o por convertirnos en víctimas o quizá podemos dejarnos llevar por la marea, subirnos a la ola, mecernos con el agua, movernos, soltarnos, fluir… como los turistas de Venecia, como el niño de la playa.

Que el nuevo curso nos traiga la mejor de las actitudes cuando el acqua venga alta.

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MARINA
Sobre mí

Marina Vallés Pérez (25/05/1976). Natural de Teulada (Alicante). Licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente soy periodista autónoma.



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