El machismo debe ser combatido desde todos los estamentos

“Mira esta foto, esto sí es grave, lo tuyo no”. La imagen mostraba a una mujer degollada a manos de su marido y quien se la enseñaba era un policía nacional al que acababa de acudir para denunciar que su pareja la había retenido en casa durante más de 6 horas, la había violado, agredido, insultado y sometido a múltiples vejaciones.

Después de vivir ese infierno y decidirse a denunciar lo que le había ocurrido, salió de la comisaría con un papel en la mano que, entonces sí, la hizo sentirse muerta, pero de miedo. Todo el valor que había logrado reunir para denunciar la agresión tan brutal de la que había sido objeto se había ido al traste con aquella espeluznante imagen de una mujer degollada y la frialdad con la que un agente despachó su agresión.

Ésta, por desgracia, no es una historia inventada. Ha ocurrido y su víctima, una mujer que lleva más de tres años luchando para que su agresor vaya a la cárcel, sigue con el miedo metido en el cuerpo “por si algún día me lo encuentro al girar la esquina”, me dice.

Y en su periplo tras la agresión sexual, las vejaciones, los insultos y las amenazas de su agresor, no sólo tuvo que escuchar lo que le decía aquel policía, también se encontró con un abogado de oficio que pidió un juicio rápido y que no quiso contemplar la agresión sexual en la denuncia. “Tuve que acabar buscándome otro abogado que, a día de hoy, me reclama 6.000 euros pese a que en un principio me dijo, verbalmente, que no me cobraría más de 1.000”.

En su bolso, además de la cartera, las llaves, los pañuelos y el móvil, hay un dispositivo con el que tiene que convivir a diario, un sistema telemático que permite determinar la proximidad del inculpado o condenado con la víctima, con ella. Cada vez que la señal de alarma se dispara, sufre un ataque de pánico que la deja paralizada y sin capacidad de reacción. “Mamá, a ti te han hecho algo más de lo que me has contado porque tienes mucho miedo”, le dijo su hijo adolescente en una de las ocasiones en que aquel aparato empezó a emitir una señal de alarma. Pese a todo ello, su caso, según indican los protocolos policiales, es de “riesgo inapreciado”.

 Pese a todo ello, su caso, según indican los protocolos policiales, es de “riesgo inapreciado”.

Este es el infierno posdenuncia de esta mujer, sin contar los daños psicológicos que sufre, el miedo a rehacer su vida sentimental, la desconfianza que le genera una nueva relación “porque durante dos años nunca sospeché que vivía con un agresor”- me cuenta-, el sufrimiento de su hijo “que ha pasado de la admiración por quien fuera mi pareja a la rabia, el miedo y la depresión”. Incluso vivir en su propia casa le genera mucha ansiedad porque recuerda constantemente lo que ocurrió el día en que fue agredida por su maltratador. “Son imágenes que no puedo borrar de mi mente, y ya han pasado tres años”.

Violencia machista

El pasado 7 de noviembre, miles de hombres y mujeres participaron en Madrid en la marcha contra las violencias machistas para exigir que la lucha contra la violencia machista sea una cuestión de Estado. Y está bien, muy bien, que el Estado anime a denunciar su caso a la mujer que es víctima de violencia de género, pero desde el momento en que reúna la fuerza y la determinación para hacerlo, esa mujer debería tener, no sólo la sensación sino la certeza de que todos los estamentos por los que deberá pasar a partir de ese momento la van a cobijar, le van a prestar su ayuda y su profesionalidad, y no la van a dejar al amparo de un dispositivo metido en su bolso que a duras penas podrá activar si su agresor se presenta frente a ella.

Es hora de que interponer una denuncia no incremente el peligro de una mujer dominada por el miedo sino más bien que alivie su dolor, su impotencia, su angustia y la de la gente que la quiere. En su bolso, ella no desea llevar dispositivos telemáticos, sino más bien un billete para viajar, una entrada para ir al cine, el tique de un bonito vestido, un libro a medio leer, una receta anotada a mano, un pequeño peluche de alguno de sus hijos o la lista de la compra. Lo más parecido a estar viva.

(Mientras preparo y escribo esta entrada en mi blog, cuatro mujeres han sido asesinadas en apenas 48 horas en nuestro país. Tenían deseos, anhelos, preocupaciones, pero, como han relatado hoy varios periodistas de la Cadena SER en La Ventana, les han robado sus vidas)

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Sobre mí

Marina Vallés Pérez (25/05/1976). Natural de Teulada (Alicante). Licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente ocupo el puesto de subdirectora de Radio Gandia, emisora adscrita a la Cadena Ser.



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